JUVENTUD: EDAD HEROICA

JUVENTUD: EDAD HEROICA

JUVENTUD INTREPIDA

¡Que hermoso espectáculo, un joven entusiasmado! Ese joven no se detendrá en lo pequeño, apenas si vera lo malo, nunca caerá abatido por las dificultades, tendrá su mirada llena de felicidad y su corazón repleto de alegría y, rodeado por esa multitud que choca, se distrae y codea en pobres distracciones momentáneas, dará siempre, la impresión, de que ha venido para algo y anda buscando algo.

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La juventud es algo más que ese periodo, tan breve como intenso, que media entre la niñez y la edad viril; es un estado de espíritu que algunos no conocerán nunca y que otros podrán conservar hasta los postreros límites de la vida.

Para joven todo es sonriente, adamantino, asequible, interesante y grande.  Ortega y Gasset al inventariar las virtudes de la mocedad, dijo que estas eran cuatro: risa, amistad, amor y entusiasmo.

En efecto, nadie admitiría el derecho a usar del título de la juventud a los escépticos resignados, complacientes y tristes.

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El ideal es la razón de vivir del joven. La juventud no calcula, no prevé, no mide el riesgo de los actos y de los resultados.  Cuesta sobre la acción, solo le bastara saber que es digna de su idea; ante un dilema no preguntara de qué lado están las conveniencias; en medio de las diversas situaciones se jugara entera.

Tiene un afán tremendo de justicia, de justicia teórica y practica, de justicia absoluta, entrevista como un sueño de perfección y de justicia realizable. Se engaña pero no miento. El mundo que ha soñado es un mundo perfecto y justiciero para hombres justos y perfectos.

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Pero hablemos de los jóvenes que lo son por los años y por el espíritu, de aquellos que agregan a un cuerpo repleto de energías, un alma lozana y una frente sin el sombrío sobrecejo de la duda.  Esos jóvenes son los continuadores de la obra que el pasado inicio y que nosotros dejaremos inconclusa.  Cuando medimos las posibilidades que aún nos quedan – bien pocas, por cierto – de agotar la inmensa alborada de proyectos que nos recibió la vida descansamos pensando en esos reemplazantes audaces, frescos, voluntariosos, en cuyas manos habremos de depositar este presente forjado con tantas fatigas.

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Nuestras ilusiones serán la realidad en que broten otras ilusiones mas hermosas, pero para eso, es necesario que la juventud sea enérgica y activa, que mire el mañana con la resuelta voluntad de alcanzarlo para celebrar en él la victoria.

Dos sendas conducen hacia ese mañana:  la una es fácil, aligerada de obstáculos, solo reclama la transigencia con los vicios de la época y la conformidad otorgada al precio de algunas claudicaciones; la otra es difícil, empinada, dolorosa, colmada de desesperación y de abstinencias.  Aquella conduce al éxito inmediato de la comodidad y de la riqueza; esta lleva a la gloria pero puede conducir también al sacrificio.

La juventud tendrá que escoger entre los dos caminos, pero si opta por el primero desde temprano, hará causa común con el ayer, con sus injusticias, con sus defectos, con su atraso, con sus errores, sin dejar una sola huella perdurable de su paso, para los que vengan vayan más lejos; hacia un mundo más armonioso y bello que el que nosotros hemos conocido.

No renovara, habrá imitado.  Tendrá las arrugas, la desconfianza, el abatimiento, la falta de sinceridad de las viejas generaciones sino sobre un numero relativos de hechos y que ya se consideran incapaces de luchar por el resto.  Y nada hay nada mas dolorosamente ingrato que un joven envejecido antes de tiempo, porque él no tendrá ni la audacia de relevarse ante la rutina ni la valentía de luchar por su verdad.

Una juventud cansada no es juventud, porque la juventud es la mañana de la vida, la hora feliz de los optimismos y de las empresas por iniciarse, el alba de la carne y del espíritu, en que el sueño pone toques de asombro a la realidad y enciende una voluntad desconocida.

Sin embargo, los mismos que le envidan sus músculos tensos, su cara transparente, la gran agilidad física y mentar que está inventando garrochas para saltar por encima de los problemas, suelen ser sus peores enemigos. La quieren condenar – motejándola de imprudente, orgullosa y desordenada -, a que sea vieja prematuramente.

Son los utilitarios y los desmemoriados de siempre quienes, invocando un interés carente de importancia y suprimiendo las diversiones saludables predican la religión de la tristeza.

Si en vez de darle consejos a la juventud, le dieran ejemplos, y si en vez de perder tiempo en modificarla le abrieran el camino de la lucha, nadie superaría a la juventud en pasión por el trabajo y en eficacia para su obra, puesto que el entusiasmo muchas veces logra lo que no consigue la experiencia.

Como quiera que sea, el primer deber de un joven es ser joven.

Alberto Casal Castel

 

 

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