ISABEL LA CATÓLICA (Parte 9)

ISABEL LA CATÓLICA (Parte 9)

por Samuel Ocaña García

…y porque ella forma parte esencial

de la historia de México y América,

hablemos más de la Reina…

¿Quién manda?

 A la muerte del rey Enrique IV, en Madrid, nadie se ocupó de coronar a Juana La Beltraneja, de 12 años de edad, no obstante ser su hija única y por ello, heredera legítima al trono. En cambio Isabel (La Católica), con inusitada diligencia y apresuramiento organiza el acto de su auto-coronación en la plaza de la ciudad de Segovia, el 13 de diciembre de 1474, dos días después del fallecimiento del monarca. Se proclama “reina y propietaria del reino de Castilla y León”.

Su esposo Fernando rey de Sicilia y heredero al trono de Aragón no estuvo en la ceremonia. Se encontraba en la provincia de Cataluña sofocando la rebelión de los súbditos contra su padre, el rey Juan II de Aragón. Fernando se consideraba sucesor directo de Enrique IV, por línea de varón. Su derecho de sangre trastámara le había colocado en una posición delicada y riesgosa, porque se veía obligado a disputarle el trono a su esposa Isabel, pero de manera soterrada y discreta. (Joseph Pérez, Los Reyes Católicos). Estaba en el juego para alcanzar la corona, creyendo también, como Isabel, que La Beltraneja había sido despojada de sus derechos por su padre el rey. Credulidad basada en el tratado que éste firmó con los caudillos medievales en rebelión, y ante quienes rindió su reino en 1468, y como efecto de ello, le obligaron a que designara heredera al trono de Castilla-León a su media hermana Isabel; decreto ratificado por las Cortes más tarde.

         El pueblo del reino de Aragón y no poca gente castellana esperaban y respaldaban con entusiasmo la coronación de Fernando. Pero Isabel con rápidas maniobras les gana la partida apoyada por su amplio séquito de señores potentados feudales, aristócratas y clérigos. Atrapa el cetro real. Desconoce los derechos directos de su sobrina La Beltraneja, y los de su primo y esposo Fernando, que le antecedía a Isabel en sucesión.

Pero es de puntualizarse que todo compromiso, como el que hicieron firmar al rey, que se contrae bajo la amenaza, el chantaje y la represión, nace despojado de toda legitimidad. Ninguna disposición forzada y artificiosa que contravenga o nulifique derechos de sucesión sustentados en derechos de sangre tiene validez legal, así lo disponga el monarca. El derecho por linaje en la sucesión dinástica es lo primero y está por encima de toda maniobra sesgada. Isabel siempre estuvo fuera de las leyes en su ascensión al trono. Más todavía, en el imposible supuesto de que hubiera resultado legal la nulificación de La Beltraneja, sería precisamente Fernando y no Isabel el primero en el derecho de acceso al trono de Castilla-León, por ser varón, ya que todo varón precede a la mujer en materia sucesoria.

         Después de los hechos consumados surgen algunas dudas: ¿Por qué Fernando, que buscaba la corona, abandonó Segovia (no se conoce la fecha de su viaje) en vísperas de la muerte del rey Enrique, puesto que dentro de su agonía se advertía inminente su ocaso?; después de todo, la guerra civil en Cataluña que llevaba años, bien podía esperar un poco, cuando en contraparte se perfilaba en el horizonte un reino florido que bien pudo ser atrapado por él. ¿El viaje de Fernando al reino de Aragón fue inducido para alejarle de la sede de los acontecimientos que estaban por llegar? ¿Qué hubiera sucedido si la defunción del rey Enrique sorprende a los príncipes en Segovia, empecinados, cada quien por su lado, en usurpar el trono por encima de los derechos de La Beltraneja?

         Fernando regresó de Aragón tan rápido como le fue posible. La noticia de que Isabel, al erigirse soberana, hubiera permitido que un personero llevara por las calles la espada de la justicia en alto y delante de ella en la procesión hacia la catedral, fue el pretexto para presentarse furioso ante Isabel. De pronto le reprocha, “nunca supe de reina que hubiese usurpado esta prerrogativa masculina”. Machista el joven y un legado para los mexicas. Lo cierto es que le fastidió el no haber sido consultado por Isabel antes de colocarse el cetro, y el sentirse excluido y ajeno a la decisión tomada. El arrojo de proclamarse reina no sólo agravió a su consorte sino también inconformó a los aragoneses porque consideraban que el sucesor de Enrique IV debió haber sido Fernando. Nada calmaba el desasosiego y la mohína del consorte. Isabel trataba de atemperarlo “con ruegos y llantos” (para qué más), a la vez que le garantizaba que la gravedad de las circunstancias y apremios le habían obligado a coronarse, y que no hubo tiempo para solicitarle su parecer en la decisión tomada. ¿Sería de creerse que no habrían comentado entre sí cuál alternativa seguirían a la muerte del rey, ya cercana?

         Isabel echaba mano de sus mejores artes y seductoras razones para calmarle y encaminarlo hacia su aceptación de los hechos ya irreversibles. Él resiste y se niega a asumir el papel decorativo asignado por ella. El conflicto empeora, se vuelve cada vez más espeso. A Fernando le alienta el apoyo incondicional del reino de Aragón y su pueblo. Ella le corteja con un piropo dirigido al centro de su codicia, “…vos, como mi marido, sois rey de Castilla, y se ha de hacer en ella lo que mandáredes…”; promesas…, promesas de amor eterno tú me jurabas…, dice la canción, y más furioso se ponía. En el fondo de su conciencia resentía el despojo y la burla perpetrados por su esposa, porque consideraba fácil imponerse a su mujer y ascender al trono por su derecho de precedencia respecto de Isabel.

         Asimismo advertía que se le aplicaban todas aquellas limitaciones políticas, domésticas y de poder que le impusieron en el contrato llamado “Las capitulaciones de Cervera”, firmado obligadamente antes de su boda, en el cual se puntualizaban los compromisos que siempre debía respetar y obedecer, si ella ascendiera a reina: que no haría guerras ni alianzas sin el permiso de Isabel; únicamente los castellanos ocuparían los altos cargos del reino; sólo ella recibiría el juramento de los súbditos y de las ciudades; él no tendría derecho a la sucesión; pediría permiso a la esposa reina para movilizar a los hijos; los castellanos no aceptaban que alguien extranjero se entrometiera en los altos asuntos de Castilla y León. Sería un esposo consorte, sólo compañero de ruta. Por supuesto que, desde que firmó el documento, jamás pensó en acatar los mandatos ahí estampados. Pero cuando se percata, después de cinco años de matrimonio, que ella no lo tomaba en cuenta para la discusión y atención de los asuntos de Estado, se convenció de que había fracasado en su intención de manejar a la reina a su antojo. Fernando no pudo materializar en su esposa aquella verdad de la cultura familiar del período medieval plasmada en estas frases:

La esposa obedece al esposo.

Mi esposa es reina,

Entonces la reina me obedece

Como la reina me obedece

Yo gobernaré el reino.

Efectivamente, Fernando no comprendió que las reinas son algo más que esposas. Seguramente más rejegas para obedecer.

         La pelea entre Isabel y Fernando poco a poco se orientaba fatalmente a una ruptura total. El padre del príncipe, Juan II de Aragón, trató de mediar en el enfrentamiento, sin resultado alguno. Isabel estaba horrorizada. Le resultaba atroz percibir semejante amenaza a su inicial soberanía. Le parecía monstruoso la posibilidad de un derrumbe de su reinado a causa de malos entendidos y percepciones exageradas, según ella. Enfrentó a Fernando con dulzura, inteligencia y mucho ruego y llanto, y no lograba vencerlo.

         Como no se trataba de dulzuras y lágrimas, sino de un asunto frío y de poder, entonces como último recurso nombra una comisión (me suena, me suena) para que arbitrara en el grave conflicto. Por parte de la reina encabezaba la protección de sus intereses y sus derechos, el poderoso cardenal Mendoza (poderoso por su escandalosa riqueza), y por parte del rey consorte le representaba en sus exigencias y quejas el arzobispo de Toledo don Alfonso Carrillo, singular guerrero con su capa escarlata como insignia de su poderío. Después de ardua y pesada labor deliberativa, los prelados de común acuerdo redactaron y presentaron a las partes en pugna un documento notablemente justo y equitativo, según el decir de los bandos.

         El documento llamado “La Concordia entre los Señores Reyes para el Regimiento del Reino”, que registra un listado de cláusulas establecidas en compromiso, allanó el camino hacia la terminación del enfrentamiento. Todo pasará a la historia se dijo, y se prohibió con rigor retomar el tema en toda circunstancia y lugar.

         Como no se trataba de dulzuras y lágrimas, sino de un asunto frío y de poder, entonces como último recurso nombra una comisión (me suena, me suena) para que arbitrara en el grave conflicto. Por parte de la reina encabezaba la protección de sus intereses y sus derechos, el poderoso cardenal Mendoza (poderoso por su escandalosa riqueza), y por parte del rey consorte le representaba en sus exigencias y quejas el arzobispo de Toledo don Alfonso Carrillo, singular guerrero con su capa escarlata como insignia de su poderío. Después de ardua y pesada labor deliberativa, los prelados de común acuerdo redactaron y presentaron a las partes en pugna un documento notablemente justo y equitativo, según el decir de los bandos.

         El documento llamado “La Concordia entre los Señores Reyes para el Regimiento del Reino”, que registra un listado de cláusulas establecidas en compromiso, allanó el camino hacia la terminación del enfrentamiento. Todo pasará a la historia se dijo, y se prohibió con rigor retomar el tema en toda circunstancia y lugar.

   En el tratado se incluyeron algunas estipulaciones con el objetivo no sólo de salvaguardar, sino de superar el prestigio popular del rey Fernando; su nombre se antepondría al de la reina en todos los documentos y monedas del reino; las armas de Castilla-León y las del reino de Aragón se emparejarían en un sólo escudo; cuando el rey y la reina estuvieran juntos administrarían justicia como una sola persona; cuando estuviesen separados, cada uno la administraría independientemente y con igual autoridad; los asuntos importantes del reino serían analizados y acometidos de común acuerdo; y la educación y manejo de los hijos las llevarían a cabo en consenso.

         Mediante este contrato, a Fernando se le había elevado al rango de rey al mismo nivel que el de la reina Isabel, con atribuciones y responsabilidades iguales, excepto la de heredar el trono de Castilla-León. Fernando dejaba de ser el príncipe consorte. Su rebelión solitaria contra Isabel, con perfume de chantaje, le había producido innegables dividendos, porque finalmente también él se había coronado Rey de Castilla y León. Había logrado su objetivo de vida.

         Después de las firmas del acuerdo, Isabel le dice… “mi señor… no fuera necesario mover esta materia, porque de hay la conformidad que por la gracia de Dios entre vos e mí es, ninguna diferencia puede haber… Pero, pues plugo a estos caballeros que esta plática se aviése, bién es que la duda que en esto había se aclarase”.

         Fernando sería el conquistador, el guerrero, e Isabel la sensibilidad del genio político. Sin este convenio es claro que no hubiesen podido gobernar, y otro destino hubieran tenido los varios reinos en la península de la vieja Iberia. El acuerdo de “La Concordia entre los Reyes” es la culminación de una inteligente fórmula que les permitió reinar con sabiduría, juntos durante 30 años, y cuyos resultados constituyen un regio monumento, en la unidad de los pueblos dispersos que crearon España…

 Continuará…

https://www.ajedrezensonora.com/2012/01/isabel-la-catolica-parte-8/

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