ISABEL LA CATÓLICA ( Parte 8 )

ISABEL LA CATÓLICA ( Parte 8 )

por Samuel Ocaña García

…Y porque Ella forma

parte esencial de la historia de

México y de América, hablemos

 más de la Reina…

Al trono

         Las posibilidades de Isabel de que fuese coronada reina de Castilla-León parecían más que remotas, porque dentro de la dinastía Trastámara le antecedían en derechos al trono su medio hermano Enrique, su hermano Alfonso, y quien sería su principal adversario: su sobrina Juana La Beltraneja, hija de Enrique el rey. Sin embargo Isabel, en su camino de ambición hacia la corona, fue eliminando uno a uno todos los escollos y obstáculos que se le presentaban. Primeramente pudo esquivar la orden del monarca de que se casara con don Pedro Girón, gran maestre de la orden religioso-militar de Calatrava. Pero sin duda a ella le acompañaba su buena estrella, dirémoslo así.

         En viaje hacia Madrid para la boda, él fallece envenenado después de una cena que su séquito le ofrece en el pueblo de Villaurrutia en el año de 1467. La princesa cumplía 16 años. Igual operó el destino con Alfonso, su hermano menor que por ser varón le antecedía en derechos a la corona, y al estar en campaña de guerra para derrocar al rey Enrique, se le ocurre ofrecer a Isabel una cena de gala en el poblado de Cardeñesa, cerca de la ciudad de Ávila, el 4 de julio de 1468. El adolescente Alfonso muere después de la cena por la ingestión de un brebaje, atenazado por atroces y crecientes dolores abdominales. Como quiera que se observe, para Isabel, uno menos.

         La princesa también pudo eludir el compromiso de matrimonio con el duque de Guyana, hermano del rey de Francia Luis XI, porque el novio muere en París. Por esta vez Enrique no logra expulsar a su hermana del país. Pero vuelve a la carga; ahora intenta enviarla a Portugal y nulificar sus pretensiones de sucederle, por ello le ordena que deberá casarse con Alfonso V. Ella le puso pretextos para darle largas al asunto, pero ante el inminente casorio a la fuerza, Isabel decide contraer matrimonio con Fernando El Católico en una ceremonia precipitada y en secreto. El rey quedó burlado y furioso. Decretó su arresto por desobediencia; consigna que no se concretó por el blindaje que le proporcionaban los ejércitos de su esposo.

Para Isabel, la más grave amenaza a su libertad y a su vida la representaba don Juan Pacheco, marqués de Villena, el verdadero poder del reino de Enrique IV. Acosaba sin tregua a la princesa, y en varias ocasiones estuvo a punto de arrestarla, acusada además, de intento de asesinato al rey con veneno, pero el pueblo también la defendía enfrentado a las milicias del marqués; y sería un cáncer de garganta quien se sumaría a la causa de Isabel para eliminarle a su más incontenible enemigo. Villena fallece el 4 de octubre de 1474. Pero la princesa tendría que vencer los dos últimos obstáculos que le quedaban para poder asumir el trono: el rey, que siempre le rechazó en sus querencias por la corona; y su sobrina Juana La Beltraneja apenas de 13 años, heredera legítima y directa a suceder a su padre. Isabel sólo esperaba la muerte del monarca, circunstancia crucial para conocer de la posibilidad de asaltar el cetro castellano. Pero en el inter, algo debía de hacerse, para darle tiempo al tiempo. Aprovecha una coyuntura e invita al rey en el Alcázar de Segovia, a un convivio con intenciones de acercamiento familiar, rendirle homenajes, cariño y lealtad. Después de una cena que le ofrece en su honor, el monarca se sintió intoxicado. El marqués de Villena y el soberano acusaron a la princesa de intento de asesinato con veneno. Como consecuencia de esta ración de té misterioso, meses después, Enrique IV muere el 11 de diciembre de 1474. Le acortaron su vida. En todo caso le aceleraron su muerte. Después de este infausto suceso, a Isabel sólo le faltaba nulificar a su sobrina Juana La Beltraneja.

         Un correo que partió de Madrid, reventando caballos, llegó a Segovia al anochecer para entregar a Isabel la trascendente noticia. Su esposo Fernando había partido a Aragón semanas antes para ayudar a su padre Juan II en sus batallas contra regimientos franceses, en disputa por los territorios de la región del Rosellón en los pirineos orientales. Ahora es cuando, es el momento pensó Isabel, y en ausencia de su marido, de inmediato dispuso con inusitada diligencia, realizar los preparativos para el acto de su autocoronación, antes de que los poderosos grupos hostiles a su persona se movilizaran para sentar en el sillón real a la infanta Juana La Beltraneja. Isabel ordenó con premura a las ciudades fieles, que le proclamaran“reconociéndome como vuestra reina y señora natural, e al muy alto e muy poderoso príncipe, el rey don Fernando mi señor, como mi legítimo marido”.

         Isabel decidió coronarse dos días después de la muerte del rey. El 13 de diciembre de 1474, del Alcázar de Segovia partió una solemne y multitudinaria procesión a la catedral para sumarse a la misa del réquiem que le ofrecerían por la salvación de su alma. Luego, Isabel gastó varias horas para despojarse del ajuar de luto y en sustituirlo por un vestuario majestuoso, por un traje “muy rico” y aderezado con “joyas magníficas”, acorde con la pompa y solemnidad de la ceremonia. Deseaba convencer a sus súbditos de que tendrían una reina a la altura y magnificencia de los monarcas de la historia de Castilla-León. Con el ampuloso y deslumbrante rito, ella pretendía impactar a sus súbditos y a sus enemigos, para que aceptaran como un hecho consumado e irreversible su coronación. Isabel abandona el Alcázar rumbo a la plaza mayor. Abrió la marcha, en gran número todo el clero de Segovia y alrededores, con los atuendos más elegantes, dentro de la rígida moda y estilo medievales. Gutierre de Cárdenas, contador mayor y hombre de la máxima confianza de Isabel, sostenía delante de ella, en alto, la espada de la justicia, desnuda y centelleante.

 En la plaza se había construido una elevada plataforma para que todo Segovia y pueblos vecinos pudieran solazarse observando a su joven y hermosa reina, y ella en concesión a “sus hijos súbditos” les lanzaría sus miradas azul-verde, su sonrisa y el agitar sobrio de su mano en saludo. El pueblo le respondía con aclamaciones encendidas. Así sellaba la lealtad a su reina. Isabel se apeó del caballo, subió los escalones y se sentó, mientras el pendón real ondeaba en límpido día inundado de gritería popular; “¡Castilla!” ¡Castilla por el rey don Fernando y la reina doña Isabel, dueña de estos reinos!”. Al fin se posaba en el otrora sitial de don Pelayo y de Alfonso el sabio. Las tierras del Cid Campeador eran suyas: Toledo, Sevilla, Burgos, Salamanca, la verde Galicia, La Mancha, Extremadura, Jaén y Santander arremetida por las olas. Faltaba Granada, secuestrada por el reino musulmán. Ya vendrían tiempos libertarios para ella, Dios mediante.

         El cardenal Mendoza le coloca en las sienes la corona de plata bañada en oro de San Fernando. El pueblo entre gritos y llantos le aclaman sin recato. Isabel empieza a pisar la gloria, gracias al Creador y a algunas pócimas letales. Su primer acto de gobierno fue religioso. Ordenó, en repetida procesión, marchar a la catedral a dar gracias al Padre Celestial por haberle guiado con sabiduría hasta la obtención del trono. Las calles atestadas de súbditos y en apoteosis inundan el santuario donde se le ofrece solemne misa y recibe sus bendiciones por su éxito y ventura en servicio a Castilla-León; para que construya a lo largo de treinta años un luminoso destino para ella y sus súbditos, acompañada y protegida, desde luego, por su consorte don Fernando, rey de Sicilia, rey de Castilla-León, y más tarde rey de Aragón. Tantos reinos en el mismo objetivo, ya apuntaban el nacimiento de la España eterna.

Continuará…

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