ISABEL LA CATÓLICA (Parte 7)

ISABEL LA CATÓLICA (Parte 7)

por Samuel Ocaña García 

…Y porque Ella forma

parte esencial de la historia de

México y de América, hablemos

más de la Reina…

Trono a la Vista

         Isabel, al contraer matrimonio con el Príncipe Fernando del reino de Aragón, el 19 de octubre de 1469, había desobedecido al monarca Enrique IV. Ella tenía el mandato de contraer nupcias con el rey Alfonso V de Portugal. Era la orden. Por tal desacato, el rey, su medio hermano, dispone su arresto para que fuese juzgada y despojada de cualquier derecho a heredar el trono de Castilla-León. Al mismo tiempo, con su casorio, Isabel había engañado al papa Paulo II, a la Iglesia, y había ofendido a Dios, por haberse casado con su primo Fernando utilizando una bula falsa confeccionada por el arzobispo de Toledo, don Alfonso Carrillo, su confidente palaciego, la cual dispensaba su consanguinidad y autorizaba su boda.

         Isabel, por católica poco más que fervorosa, sufría pesada carga de conciencia y culpa, así como una profunda congoja por haber cometido semejante fraude contra el Señor y haber caído en pecado mortal, sentencia canónica que priva al alma de la vida de la gracia y se hace acreedora de la pena eterna. Gravísimo desatino que a ella le desgarraba su corazón. Isabel y Fernando, si bien eran reyes de Sicilia, en Castilla-León su poder era simbólico. No tenían a quién reinar. Por ello se abocaron de inmediato a realizar diligencias para lograr que el Santo Padre les perdonara la burla y les enviara a Castilla una nueva bula que sustituyera a la ficticia. Desde luego que el rey Enrique también hacía sus cabildeos en Roma para evitar que el Sumo Pontífice emitiera la bula legítima, y al mismo tiempo le rogaba que emitiera cuanto antes el decreto sagrado de excomunión contra Isabel. Claro, el vicario de Cristo jugaba con el escor, porque –por otro lado– el rey Juan II de Aragón, padre de Fernando, también presionaba a la Santa Sede para que no aplicara la terrible excomunión a su nuera, y le solicitaba que enviara cuanto antes la bula de a deveras.

         Pasarían tres años después de la boda para que la pareja real obtuviera el documento, y sería el cardenal español Rodrigo Borja, más tarde papa Alejandro VI, quien llegaría a Castilla en 1472 en calidad de legado pontificio trayendo consigo la añorada dispensa por consanguinidad de los consortes. ¿Que la bula llegó cuando ya había nacido el primer vástago de Isabel? Eso era lo de menos. Lo importante es dejar arreglado los papeles para que después no hubiera lío en el ejido. La bula fue posible que llegara porque ya era evidente la debilidad y derrumbe del poder del rey Enrique. El obispo de Roma olfateó el momento de enviar el decreto a Isabel, cuando ya no se generaría conflicto alguno. Finalmente la reina, con bula en mano, quedó en armonía y paz consigo misma y con la Santa Madre Iglesia. Venció la excomunión papal a la que se hizo acreedora, y borró –en apariencia– el señalado estigma de haberse servido de una engañifa para contraer matrimonio. Al mismo tiempo el cardenal Borgia fue el conducto para ungir con el Capelo Cardenalicio al obispo de Sigüenza, don Pedro González de Mendoza, alma y centro de la poderosa familia castellana, los Mendoza, que apoyaba al rey Enrique en su lucha contra una ristra de nobles feudales enemigos. Pero don Pedro González más tardó en obtener su cardenalato por gestión del rey de Aragón Juan II, suegro de su nuera, que pasarse al bando enemigo del monarca que encabezaba Isabel. Un cambio de rieles por un purpurado, bien que se justifica, pensaba don Pedro. El cardenal González de Mendoza fue un clérigo de valentía y entereza, que se opuso a la instalación de la Santa Inquisición en España impuesta por la reina Isabel. No obstante se le consideró una de las personalidades más vigorosas e influyentes del reino. Por ello, fue cuidadoso de que sus genes no desaparecieran de la faz de la tierra. Dejó tres hijos bastardos.

         Isabel y Fernando, mientras viviera el rey dedicarían también la mayor parte de su tiempo a fortalecer el partido que luchaba con las armas para evitar que ella fuera encarcelada y para hacer viable su ascenso al trono, que no le correspondía. Sin embargo intensifican sus buenos oficios en la búsqueda de la paz y la armonía con el rey y la consiguiente cancelación de la orden de su arresto. Ella buscaba el perdón y convencerlo de que respetara los acuerdos firmados en Toros de Guisando, en 1468, a través de los cuales el mismo rey la había declarado y jurado heredera única al trono, decisión ésta que fue ratificada por el órgano legislativo, las Cortes, en la ciudad de Ocaña en el otoño del mismo año. Isabel le había escrito una carta a su medio hermano antes de su boda, explicándole el paso que iban a dar y del por qué se veían obligados a actuar de manera tan atropellada y semi-clandestina. Pero a la vez se declaraban súbditos leales y le refrendaban su obediencia. Se notaba. El rey sólo guardó la carta. Tiempo después Isabel envía una embajada personal insistiendo en el perdón. Recibió a los embajadores y les respondió que primero tendría que acordarlo con el marqués de Villena, don Juan Pacheco, jefe del poder.

         Llegó la primavera de 1470 y nada de respuesta del rey. Isabel estaba embarazada del primer hijo y aumentaban sus temores de ser aprehendida; por ello se refugia en el castillo de su amigo el conde de Buendía, en la ciudad de Dueñas, estructura arquitectónica que permitía mejor defensa en caso de batalla. Meses después le envía otra misiva al monarca suplicándole reconciliación. El soberano seguía montado en su macho. No respondía. Estaba dolido y se sentía burlado. Por fin Enrique, al no poder arrestar a Isabel, decide descargarle el golpe en octubre del mismo año. Para prepararlo se reunieron en el monasterio de Loyola cerca de Segovia: el rey; el marqués de Villena; don Beltrán de la Cueva, duque de Alburquerque, supuesto padre de la infanta Juana La Beltraneja; miembros de la todopoderosa familia Mendoza; varios nobles de alcurnia; embajadores franceses encabezados por el cardenal de Albi, y la reina Juana, esposa de Enrique IV y madre de la Infanta Juana La Beltraneja.

         Sentado el rey entre su esposa y Villena se levanta y les dice: leales amigos les agradezco que hayan honrado el llamado que les ha hecho vuestro rey, porque deseo vuestra atención y apoyo para solucionar el conflicto que podría degenerar en guerra civil. Isabel se ha erigido heredera de Castilla y León. Por supuesto que no debo de olvidar que, en un momento del año de 1468, yo mismo la designé heredera del trono cuando firmamos el tratado de Toros de Guisando, que, entre otras cosas, en él se puntualiza que ella no accedería a casarse sin mi aprobación. Pero no ha cumplido su compromiso. Contrajo matrimonio a hurtadillas, casi en secreto. Por ello declaro nulo y vacío ese tratado. Proclamo que Isabel ya no es heredera de los tronos de Castilla y León. Ella está usurpando el derecho de sucesión de mi hija Juana que tiene nueve años. Su madre está aquí, hoy, para jurar, al mismo tiempo que yo, ante vosotros y los súbditos del reino, que la princesa es hija nuestra, y que no existe otra heredera que no sea la infanta Juana. ¡Castilla y León para Juana! ¡Viva la princesa Juana!, irrumpen en aclamación los presentes. Ahora pido a la reina que declare bajo juramento que la princesa Juana es hija mía. La reina se puso de pié. Seguía siendo una mujer hermosa, no obstante su descocada vida y con tres hijos bastardos generados por sus amantes. Juro, exclamó ella, que la princesa Juana es hija del rey. Éste se levanta, toma la mano de su mujer y expresa: Juro con la reina, que la princesa Juana es mi hija y no de ningún otro.¡Castilla para Juana! gritaron todos.

         Enseguida el rey Enrique se dirige al cardenal francés Albi, y le expresa: Ruego a vuestra eminencia hacerle llegar al eximio rey de Francia, Luis XI, nuestra fraterna amistad y la buenaventura para sus leales súbditos. Y con la venia del monarca francés hacemos público el compromiso de matrimonio, que se dará en su oportunidad, de la princesa Juana mi hija y el duque de Guyana, hermano de su excelencia Luis XI. ¡Castilla para Juana! ¡Viva la Princesa y el duque de Guyana! Todos, clérigos, dignatarios y nobles besaron la mano de la infanta por segunda ocasión. Por supuesto que quedaban listos para volver a besársela cuantas veces la volvieran a proclamar heredera. P’os cual fijón.

         El monarca nuevamente despojaba a Isabel de sus pretendidos derechos a la corona. El decreto inhabilitándola la hirió profundamente. Pero persistió en la lucha por el trono. Las Cortes se mantuvieron firmes en su lealtad a Isabel. El rey Enrique las convocó oficialmente dos veces y no logro persuadirles de que jurasen heredera a Juana La Beltraneja. Las provincias vascas y Andalucía se pronunciaron leales a Isabel. Varios y poderosos señores feudales se sumaron a la rebelión contra el soberano y su hija Juana: entre otros, el Condestable de Castilla, don Miguel Lucas; el poderoso duque de Medina Sidonia; y la recién sumada a la causa, familia de los Mendoza. El monarca perdía el control del reino. Los jóvenes Isabel y Fernando, vigorosos y sanos, representaban la justicia y la eliminación de los abusos y atropellos de los aristócratas, nobles, y alto clero. Significaban la terminación de la anarquía y el desorden. El fin de la guerra civil y la escandalosa corrupción del rey y su corte. Representaban la esperanza de su pueblo para abatir tanta pobreza y miseria de siglos. En cambio, a Enrique le llovían males en su milpita, pues el duque de Guyana, hermano del rey de Francia moría en 1472, dejando a su novia comprometida, Juana La Beltraneja, con nueve años de edad. Había perdido la oportunidad de mezclar su sangre con la dinastía francesa, fusión que le fortalecería en su guerra contra el partido que empujaba a Isabel hacia el trono.

         A finales de 1473, Enrique IV había evolucionado hacia un estado de ánimo menos hostil a Isabel. Ella aprovecha esta coyuntura y acuerda con don Andrés de Cabrera, a la sazón chambelán del rey y alcalde de Segovia, y con Beatriz de Bobadilla, dama de honor, invitar al rey a un acto de acercamiento con Isabel, en el Alcázar de Segovia. Aprovecharon la ocasión cuando el marqués de Villena estaba ausente. Isabel llega a Segovia el 28 de diciembre. Dispone que su consorte Fernando se quede con su ejército en el castillo de Turégano, muy cerca del lugar del encuentro, por si se ofreciera algún rescate. No se podía confiar. Recibe al rey al día siguiente en el patio del Alcázar. El monarca irradiaba alegre talante. Hacía cinco años que no se veían. Se abrazaron “con mucho amor”. Platicaron durante horas en una estancia. Al día siguiente Isabel bailó en presencia del soberano. No he podido saber el nombre del chambelán que le acompañó en las inflexiones y genuflexiones a que le obligaron los dulces acordes del rondó.

         En el fastuoso salón del Alcázar, reluciente por la luz de las lámparas de aceite, Isabel con su vestido de enaguas de amplio vuelo y ataviada de finas joyas en dedos, cuello y lóbulos, lucía por demás joven y bella, y resaltaba su donaire en sus cabriolas sujetas a los compases de la danza. Su presencia señorial polarizaba la atención de los contertulios en escudriñadoras miradas transformadas en abierta admiración. En este mismo sarao el rey Enrique cantó. Estaba contento, disfrutaba. El vino le inspiraba. Pidió silencio y apoyo del grupo musical. Levantó las manos, elevó su voz y volaron entonaciones que, armónicas o nó, le ganaron aclamaciones y vítores efusivos.

         En la víspera del año nuevo la princesa y el rey marcharon en numerosa procesión por calles de la ciudad cubiertas de delgada capa de nieve. El rey Enrique, a pie, conducía, tomado el freno con la mano, el caballo que montaba Isabel. El pueblo les aclamaba regocijado. El objetivo se cumplía. La unión fraterna entre los hermanos se establecía. La paz y la armonía reinarían. Tal vez él le levantaría la orden de arresto y la confirmaría como su heredera. Las cosas iban viento en popa. Hasta Fernando, vigía y guardián del destino de Isabel, abandonó su cuartel de Turégano el día de año nuevo y se sumó a la convivencia, por invitación del rey. Éste lo recibe con “asaz placer”. No se conocían. Esa noche, organizaron otro festín, y los príncipes bailaron frente al soberano, que, satisfecho y con copa en mano, miraba las finas y engalanadas evoluciones inspiradas por los acordes de las flautas y las violas. Pero tanta armonía y felicidad estaba destinada a empañarse. El gobernante del Alcázar de Segovia, Andrés de Cabrera y Beatriz su esposa, con la anuencia de la princesa dieron un suntuoso banquete en honor de Enrique, el 6 de enero del mismo año de 1474, y como era su costumbre bebió y comió con largueza. Inmediatamente se sintió indispuesto. Tuvo que abandonar el convite y recluirse en sus aposentos. Continuó con intensos dolores de vientre, con vómitos y soltura. Ordenó que trajeran cuanto antes a Villena, que a mata caballo llegó a Segovia al frente de su ejército.

         Se entrevista con el monarca. Le observa sus expresiones de desesperación y terror, y sus movimientos convulsos por el efecto de su mal. Su majestad, le dice, ha caído Usted en una emboscada. Le quieren matar. Le han envenenado. El rey le responde: afortunadamente, Villena, no podemos sospechar de Isabel, de Cabrera y Beatriz que me han atendido con la mayor diligencia y máxima consideración para curar mi mal. ¡Su majestad! ¿Quiénes desean su muerte? ¿Acaso no le ofreció Beatriz de Bobadilla el banquete, la persona de más confianza de Isabel y con fama de experta en esas enfermedades? ¡Villena!, le dice el rey, Beatriz es quien más ha hecho por mí para no morir por esta dolencia. Su majestad, no es dolencia, es envenenamiento.

         Isabel al ver retirarse del sarao al rey, indispuesto, le ordena a Beatriz atender con esmero al monarca: ¡Por ningún motivo el rey debe morir; porque si así sucediera, la conseja popular me señalaría culpable y podrían surgir graves conflictos en el reino! ¡Beatriz debes salvar al rey! Ella le consigue cierta mejoría. Villena traslada al soberano a la ciudad de Cuéllar, Extremadura, para mejor protegerlo y para que recibiera una atención de plena confianza. El monarca se mantenía furioso. Con Villena acuerdan arrestar de inmediato a Isabel y la acusarían de intento de asesinato. No lograron su captura porque Fernando e Isabel estaban atrincherados con su amenazante ejército en Segovia. En las calles, hombres y mujeres guardaban silencio. Al regocijo de ayer sucedía el estupor y el miedo. Se preguntaban: ¿quién es el responsable del envenenamiento? Todos los organizadores del banquete eran partidarios de Isabel.

         Suerte te dé Dios, dice el refrán, porque las circunstancias ya favorecían a Isabel. El marqués de Villena, su más encarnizado enemigo, moría el 4 de octubre de 1474 en Extremadura a causa de cáncer en la garganta. Con él terminaba el peligro de su encarcelamiento. El rey Enrique acentuó su debilidad física y su apatía. Poco le interesaban los asuntos. Ha perdido ánimos y gusto por la vida desde que falleció el Marqués, el hombre que todo le resolvía y que también en mucho le complicaba. Poco más de dos meses después de la muerte de Villena, el rey Enrique IV fallecía el 10 de diciembre de 1474 a consecuencias de la suculenta cena que paladeó con Isabel, en el Alcázar de Segovia, aquél 6 de enero. Sufrió una violenta hemorragia. Tenía los riñones destrozados. Había vivido cincuenta y dos años, y gobernado veinte. Isabel vencía uno a uno los obstáculos que se le habían presentado en su travesía hacia el trono de Castilla-León. Su compromiso de matrimonio ordenado por el rey, con don Pedro Girón, había fracasado porque fue envenenado. Su hermano menor Alfonso, que le antecedía en derecho dinástico al trono, murió envenenado. Su compromiso de casorio con el rey Alfonso V de Portugal, decretado por el monarca Enrique, se esfumó porque ella se casó con Fernando precipitadamente violando la ley civil y la eclesiástica. El marqués de Villena desapareció sin poder arrestarle. El rey su principal obstáculo, entrega su alma al Creador por veneno según Villena. A Isabel sólo le queda el último estorbo: la princesa Juana La Beltraneja, hija del monarca Enrique y heredera legítima al trono…

Continuará…

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