ISABEL LA CATÓLICA (Parte 6)

ISABEL LA CATÓLICA (Parte 6)

por Samuel Ocaña García 

 …Y porque Ella forma

parte esencial de la historia de

México y de América, hablemos

más de la Reina…

Ternuras

         El matrimonio de Isabel y Fernando, los Reyes Católicos, obedeció a intereses políticos, y Juan II, de Trastámara, rey de Aragón era uno de los entrometidos en el juego riesgoso de la sucesión de Enrique IV, rey de Castilla-León. El monarca Aragonés apoyaba al bando que guerreaba para imponer a Isabel en el trono, por encima del derecho primero de la princesa Juana, La Beltraneja, hija del rey Enrique; a la vez Juan II impulsaba el matrimonio de su delfín Fernando con la princesa Isabel, porque con ello se lograría la unificación de los reinos de Aragón y de Castilla-León y se transformarían en un solo Estado poderoso, lo cual le permitiría también a Juan II terminar la guerra civil de ocho años que sostenía con la población Catalana.

         Por otra parte, a Isabel le convenía el matrimonio con Fernando porque obtendría un apoyo decisivo para lograr su objetivo de acceder al trono. Así lo señala Hernando del Pulgar, cronista y secretario particular de los Reyes Católicos: “Se hallaba el casamiento con el príncipe de Aragón ser más conveniente que otro ninguno, porque era príncipe de edad igual a la suya (la de Isabel), e porque esperaba la subcesión de Aragón y de otros señoríos del rey su padre, que confinaban con los reinos de Castilla”. Efectivamente fue un matrimonio producto de un montaje de conveniencia política, pero al mismo tiempo fue la unión de dos jóvenes que se amaban y que con los años su fusión de sentimientos fue tan profundo que han pasado a la historia universal como una pareja indisociable en su amor y en la indeclinable misión de unir reinos para dar nacimiento a la gran nación española.

         Como decíamos, el casamiento de Isabel y Fernando se llevó a cabo el 19 de octubre de 1469 en la mansión de Don Juan de Vivero, en Valladolid. Pero la realización de la boda, por sí sola, no era suficiente para considerar que había matrimonio, no obstante haberse cumplido los requisitos del civil y de la iglesia. Era indispensable que se exhibiera al público la prueba de que se había consumado el matrimonio mediante el ayuntamiento de los desposados. Lo exigía la ley civil y los cánones eclesiásticos. El cronista Diego de Valera, consejero de Fernando El Católico, autor de la obra “Crónica de los Reyes Católicos”, dice: “Estaban a la puerta de la (re)cámara ciertos testigos… los cuales sacaron la sábana que en tales casos suelen mostrar… en sacándola manchada tocaron todas las trompetas y atabales (tambores)… y la mostraron a todos los que en la sala estaban esperándola, que estaba llena de gente, incluidos los jueces, regidores y caballeros”. Chismosos.

         Así se iniciaba una vida marital de la que nacerían cinco hijos. Desde luego hubo momentos de difícil relación entre sí de los conyugues, tanto de orden familiar como políticos, pero los enfrentaron básicamente con cordura y unidos, porque evidenciar discordias al exterior les debilitaría en su autoridad ante sus enemigos. Del Pulgar escribe que eran “una voluntad que moraba en dos cuerpos”. Y para que nadie tuviera dudas de que había unidad en el mando –fino mensaje político subliminal–, adoptaron el lema oficial “tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando”. No obstante no todo fue vida y dulzura al interior del matrimonio. Narra que Isabel“amaba mucho a Fernando”, pero “celábalo fuera de toda medida”. Cómo de que no, si Fernando tuvo muchas amantes y ella lo sabía. Dejó cinco hijos bastardos reconocidos. Era tenorio y medio. El humanista Lucio Marineo Sículo, su contemporáneo, nos cuenta que Isabel “amaba en tanta manera al rey su marido, que andaba sobre aviso con celos a ver si amaba a otras, y si sentía que miraba a alguna dama… con señal de amores… buscaba medios y maneras con qué despedir a aquella persona con mucha honra y provecho”. Isabel sufrió los frecuentes dardos destructivos de los celos y los enfrentó con madurez y estoicismo, aunque no siempre conseguía disimularlos. Su amada hija Juana (La Loca) que heredó el reino de Castilla-León de su madre (Isabel), en carta que escribió tratando de justificar sus desvaríos mentales dice “y no sólo se halla en mí esta pasión (los celos), más la reina mi señora… que fue tan excelente y escogida persona en el mundo, fue asimismo celosa”.

         Por supuesto, durante los primeros años del matrimonio tuvo lugar la pasión. Fernando le enviaba cartas cuando se ausentaba por los deberes de gobierno. En una de ellas, con aires de queja le expresa: “No sé porqué Nuestro Señor me dio tanto bien para tan poco gozar dél”. En otra le escribe: “Yo rabio…. por veros”, y espero que “algún día tornaremos en el amor primero”. En otra misiva le dice: “…suplico a vuestra señoría que más a menudo venga las cartas que, por mi vida, muy tardías vienen”. A veces Fernando le acicatea para que le escriba más seguido: “…los mensajeros sin carta vienen, no por mengua de papel, ni de saber escribir, salvo por mengua de amor”. Claro, en Isabel no había“mengua de amor”, sino que no era muy dada a exteriorizar sus sentimientos por escrito.

         Podemos referir que el 7 de diciembre de 1492, casi dos meses después de que Colón se topara con la América, el 12 de octubre, el rey Fernando sufrió un atentado al salir de la Audiencia de Barcelona. Isabel al ser informada perdió su proverbial serenidad y compostura. Cayó en desmayo. Enseguida entró al palacio a donde habían llevado a su marido “dando voces y gritos como loca y llorando a unos y a otros”. Esas lágrimas eran explicables porque no sabía a ciencia cierta, lo que le pasaba a su esposo. Su actitud sorprendió y alarmó a los notables presentes. Fernández de Oviedo comenta, “hasta entonces no se habían visto lágrimas en ella”.

         Como ha sucedido en los matrimonios habidos y en los por haber, también hubo desavenencias entre ellos. Gajes del oficio. Da cuenta la crónica de que los reyes tuvieron un singular roce en presencia de sus colaboradores a causa de que el rey Fernando fue derrotado en la batalla de Toro, provincia de Zamora, en 1475, por el rey Alfonso V de Portugal. Los dos reinos en guerra se disputaban el trono de Castilla-León, no obstante que Isabel era la reina, pero Portugal batallaba para derrocarle por usurpar el trono que en derecho legítimo le correspondía a Juana La Beltraneja, ahora esposa del rey Alfonso. Isabel al ver llegar a su ejército derrotado estalló en cólera abierta, y en desaforada forma emitió expresiones duras para su capitán Fernando. Al día siguiente en reunión del consejo para el análisis de la guerra, Isabel, sin menguar su furia volvió a la carga criticando las actuaciones en la batalla perdida. Fernando le reclama airado acusándola de tener demasiado arraigados algunos defectos “propios de las mujeres”, y le dice: “Yo me creía que viniendo desbaratados (derrotados), oviera en vuestra lengua palabras de consuelo. Más siempre las mujeres, aunque los hombres sean dispuestos y esforzados… son de tan mal comportamiento, especialmente vos señora que…”.

         Otro desencuentro se presentó cuando al príncipe y rey Fernando, que por ser extranjero se le exigía que firmara antes de casarse una serie de acuerdos por los que se comprometía a cumplir determinado número de condiciones encaminadas a desvanecer el temor de los castellanos de que pudiera inmiscuirse en los asuntos del reino, materia que correspondía ejercer sólo a los súbitos de Castilla-León. Estos acuerdos, llamados “Capitulaciones de Cervera”, imponían a Fernando las siguientes condiciones:

  • Nunca dejaría Castilla-León ni llevaría a Isabel ó a cualquiera de sus hijos más allá de sus fronteras sin el consentimiento de su mujer. Esto nomás me faltaba, pensaba él.
  • No haría guerras ni alianzas con nadie, a menos que Isabel las aprobara, si a reina llegara.
  • Sólo los castellanos y los leoneses tendrán cabida en los altos cargos del Reino.
  • Honrar a la madre de Isabel.
  • Fernando respetará la autoridad del rey Enrique IV, a pesar de que el partido de Isabel, que estaba en rebelión contra el rey, fuera quien le obligaba a firmar las “Capitulaciones”.
  • Proseguirá la guerra contra el reino musulmán de Córdova que invadía la península desde el año 711.
  • No tendrá derecho alguno a la sucesión de Castilla-León.
  • Sólo Isabel, en caso de ser reina, recibirá el juramento de lealtad y homenaje de las ciudades y comarcas del reino.

         En consecuencia de lo anterior, Fernando sería sólo pareja de la reina. Y si de parangonar se trata, diríamos que el Aragonés sería según estos acuerdos, lo que hoy es el príncipe Felipe de Inglaterra, sólo consorte de la reina Isabel II. Sin mando. Evidentemente el pueblo aceptaba, inclusive gustoso, que el príncipe casara con Isabel, pero si ella llegase a reina, a él lo querían sin poder y sin mando. ¡Fernando!, el matrimonio es para adorarte, pensaba Isabel: pero el poder no se reparte ni comparte… se tiene aparte. Los castellanos no estaban de acuerdo en permitir que con el tiempo, el futuro rey pudiera apoderarse de Castilla-León y anexionarlo a su reino de Aragón.

         Por supuesto que, al por ahora sólo rey de Sicilia, y que luego lo sería también de Aragón, no le cayeron en gracia estos candados que le limitarían su acción, máxime que sería jefe de familia en las que el varón las mandaba cantar y a las esposas sólo les quedaba oír la tonada. Así que él ordenaría y ella le obedecería. Pero además, tal vez con el tiempo y un ganchito, hasta pudiera ser rey de Castilla-León si Isabel accediera al trono, y siendo su esposa, pues, cuál problema, él reinaría. Así lo creía Fernando. Entonces ¿para qué la firma de “tales capitulaciones”?Las limitaciones que le imponían al novio, debía asumirlas en compromiso, si es que quería casarse.

         A Fernando le abrumaba la lluvia de prohibiciones. Le parecían humillantes para su dignidad y socialmente degradantes para un esposo y jefe de familia. Molesto le reclama a Isabel. Ella supo calmarle, encausarle y convencerle de que aceptara las condiciones. Le trasmite que es entendible el recelo del pueblo ante un nuevo y desconocido escenario, y que su celo por proteger a su nación era razonable.

         Su característica estrategia de tratar todo asunto familiar o de gobierno “con blandura” le había redituado éxito con su prometido. Isabel demostraba tempranamente su inteligencia y su fina sensibilidad política. ¡Fernando!, le diría Isabel, ahí sobre la marcha se irán acomodando las calabazas, ¡hombre! Después de todo, no estaría fuera de la realidad que él hubiera reflexionado:¿“Un posible reino de Castilla-León unido al de Aragón, y a mis pies?, bien vale una firma sobre las “capitulaciones”. Y firmó. Y se casó. De esta manera Isabel creó las bases legales para evitar que la soberanía del reino se perdiera a pretexto de su matrimonio, si ella subiere al trono.

         Fernando estaría prácticamente maniatado para disponer a su arbitrio del reino de Castilla-León. En su caso, ella sería la reina, él sólo el esposo, el consorte…

 Continuará…

Capitulo anterior: https://www.ajedrezensonora.com/2011/06/isabel-la-catolica-parte-5/

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