ISABEL LA CATOLICA (Parte 2)

ISABEL LA CATOLICA (Parte 2)

por Samuel Ocaña García

…y porque ella forma parte esencial

de la historia de México y América,

hablemos más de la Reina…

Disputa del poder

++++Tenía ella tres años cuando murió su padre, el Rey Juan II de Trastámara, a quien sucedió en el trono su hijo Enrique, en 1454, procreado con la primera esposa. En cuanto le coronaron, dispuso que su madrastra la viuda Isabel y sus dos hijos, Isabel La Católica y Alfonso, fueran a vivir a la ciudad de Arévalo, a 85 Kms. de la Villa de Madrid. Prácticamente los expulsó de la Corte.

++++Allí, en un convento, los príncipes recibirían la educación especial propia de infantes de sangre azul, con derechos de sucesión. Desde la ciudad de Ávila, a 55 Kms. de Arévalo, llegaban curas y preceptores duchos en el arte magisterial del catecismo. Los ilustres alumnos recibían, además, conocimientos de disciplinas diversas, consideradas indispensables en la formación de herederos de reinos. Isabel aprendió colateralmente a coser, tejer, bordar y cocinar. Labores donde descargaba tensiones y para esparcimiento. Además, por su destreza y seguridad en el manejo del caballo, adquirió fama de sobresaliente amazona; habilidad que con el tiempo le serviría para profundizar la vinculación con su pueblo.

++++Después de ocho años de ostracismo, un buen día de la segunda mitad de 1462 –no se puede precisar la fecha–, el rey Enrique ordena que sus dos medios hermanos sean retornados a la Corte. Dolor inmenso para los niños fue dejar a su madre abandonada, solitaria y con problemas de enajenación mental, de locura. Isabel tenía once años. El Monarca quería tenerlos a tiro de pichón, con vigilancia estricta de día y noche, debido a que había nacido su niña Juana (La Beltraneja) y el repudio del pueblo contra ella crecía, al considerársele ilegítima por ser supuestamente hija de Don Beltrán de la Cueva y de la Reina Juana. El Monarca no deseaba que el infante Alfonso fuera tomado como bandera para atizar la rebelión contra su mandato.

++++La anarquía y el desorden que imperaba durante los veinte años de reinado de Enrique IV a causa de su incompetencia y frivolidad, se ahondaba por el hecho de que Castilla-León no tenía una capital fija, y que no había existido en un milenio, a diferencia de Roma, Atenas, París, Londres y otras que fueron sede central de sus naciones desde siglos previos. Los Reyes de Castilla y sus Cortes seguían vagando por el país, habilitando capitales transitorias, en tanto el Rey permanecía en ellas arrastrando consigo la podredumbre moral y política imperante. Sin embargo, Enrique tenía cierta predilección por acampar en Madrid y Segovia.

++++La ausencia del ejercicio del mando del Rey generaba una permanente amenaza de derrumbe de su dominio. Esto obligaba a delegar el poder en hombres probados de competencia, los favoritos, entre los que habría que destacar a Don Juan Pacheco, Marqués de Villena; Don Alfonso Carrillo, Arzobispo de Toledo, Primado de Castilla-León, y Canciller del Reino; y Don Beltrán de la Cueva, último predilecto de Enrique. El Marqués, con mucho el más tenebroso, era sobrino del Arzobispo Primado. Siempre operaban coordinados en los desaguisados políticos que protagonizaban, y en sus avaricias patrimoniales. Era vástago de una noble familia portuguesa. Juan II le nombró preceptor y guía formativo de su hijo Enrique, a fin de que al sucederle en el trono se revelara mejor Rey. Este astuto personaje ejerció sobre el adolescente una cuasi hipnótica influencia. Fácilmente le absorbió su mente y voluntad durante más de diez y seis años. Villena debió ser un hombre cautivador. Don Fernando del Pulgar, contemporáneo suyo, le describe como un tipo esbelto, alto “de meliflua y tierna conversación, y con un ligero trémolo en la voz”, es decir, que alargaba el sonido con agradable cántico el final de las frases, como ejemplo decir: es muy necesario saber cabalgaáar; nunca se debe mentíiir; es bueno alimentarse con frugalidaaáad; el ejercicio siempre es saludaaable…

++++El Arzobispo de Toledo, tío de Villena, era otro poderoso dentro del Reino. Hombre tajante, mejor dotado para el uso de las armas que para evangelizar almas. Nada le complacía más que ver correr la sangre y el estruendo del combate. En las grandes luchas guerreras se le miraba a caballo embistiendo fieramente en medio de la matanza, con la espada centelleante coloreada en sangre y ondeando en el aire, tras su espalda, su famosa capa rojo – escarlata y pintada en su centro una cruz blanca a manera de escudo. Un supermán medieval. Tío y sobrino como favoritos, servían a su Rey y les reconocía su lealtad. Pero hete aquí que, de pronto, ambos encendieron la alarma roja. El Rey había incorporado a su séquito a un nuevo favorito, Don Beltrán de la Cueva, a quien empezó a derivarle cada vez más, asuntos de gobierno. A medida que ascendía la estrella del nuevo inquilino, crecían en el Marqués y Arzobispo los temores y la desesperación, al observar que se les escapaba de sus manos los privilegios y el dominio total de Castilla – León.

++++Al sentirse desplazados del poder, abandonaron al Monarca y pasaron a engrosar las filas de los enemigos. Poco tardaron en erigirse caudillos del frente de guerra contra el Rey, pero la verdad de su traición era el dolor y despecho por haber sido suplantados por Don Beltrán. El nacimiento de la niña Juana, en marzo de 1462, estimuló con fuerza la guerra civil que duró más de diez años, con resultados de desastre por las matanzas, la pobreza generalizada y el incontenible desorden social. Enrique obligó a los nobles y potentados amigos, a prestar juramento de fidelidad a la recién nacida como legítima heredera al trono. Pero los nobles enemigos parapetados con sus ejércitos en Burgos, a 240 Km. al norte de Madrid, le enviaron al Soberano un ultimátum: Debía arrepentirse de sus abominables pecados; “poner fin a la opresión y tiranía que ejerce vuestra Real persona a través del poder de Don Beltrán de la Cueva”; despojar a Éste del Maestrazgo de Santiago, Jefe de los ejércitos, y entregárselo al Príncipe Alfonso; expulsar de la Corte al intruso de Don Beltrán; eliminar la pretensión de otorgar legitimidad a la niña Juana La Beltraneja, puesto que “a vuestra Alteza es bien manifiesto que ella non es hija de vuestra Señoría”, y finalmente debía jurarse inmediatamente lealtad al infante Alfonso como heredero legal y único al trono. Nada, pescadito. El Rey no quería líos. Mansamente cedió a tan convincentes solicitudes. ¡Ah!, pero esto no se va de oquis, pensó. Gallardamente propuso que a cambio de su rendición le concedieran la gracia, al menos, de que Alfonso su medio hermano se casara con su hija Juanita La Beltraneja. Claro, cuando llegaran los tiempos.

++++Para oficializar esta capitulación, el Monarca emitió una real cédula en el poblado de Cabezón, en la que entre otras cosas se asienta: “Sepades que yo, por evitar toda materia de escándalo (…) declaro pertenecer la legítima sucesión de los dichos de mis reinos a mi hermano el Infante Don Alfonso y no a otra persona alguna; y ruego y mando por la presente escriptura, que luego de aquí a tres días, fagades juramento de lealtad y homenaje al dicho infante Don Alfonso, mi hermano” (…). Efectivamente se le tomó el legal juramento a los tres días en el mismo lugar. Con esta cédula y juramento, Enrique IV alentaba la sospecha popular de que la paternidad de Juana La Beltraneja no era suya.

++++Al día siguiente el Rey se retractó de lo tratado. Le valió nada la firma que estampó en su muy real cédula. ¿Por qué tal arrepentimiento? ¿Se percató del inmenso insulto que le infligieron? ¿O bien, no pudo soportar la ausencia de su favorito? De inmediato llamó a su lado a Don Beltrán y para compensarle sus pesares, le elevó de Conde de Ledesma a Duque de Alburquerque. Otra vez unidos empezaron a reclutar un ejército para enfrentar la rebelión. Los feudales levantiscos también hacían jaras y arcos para continuar la guerra en nombre del Infante Alfonso, de 11 años, que estando en su poder le fortalecían la convicción de que el derecho de sucesión a Él le correspondía, y no a su sobrina La Beltraneja.

++++Pasado un tiempo, Don Enrique, atrincherado con sus huestes en Segovia, envió un mensaje al Arzobispo Primado, recordándole los valiosos favores y mercedes que le había otorgado, y a la vez rogándole que se reintegrara a su redil y poder reverdecer los viejos afectos. El Primado de Castilla le contestó a través de un mensajero; “Id e decid a vuestro Rey que estoy harto de Él y de sus cosas, e que agora se verá quién es el verdadero Rey de Castilla”. Se las gastaba el Señor Arzobispo. Ambos ejércitos continuaban las sangrientas batallas en los campos de Castilla en el objetivo de sumar ciudades y castillos a su bando.

++++Los contingentes en rebelión convergieron, de ´onde quiera, en la ciudad de Ávila a 70 Kms. al oeste de Madrid. Allí, bajo el manto sagrado de la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana, invocada por el Primado de Castilla, decidieron coronar de facto Rey de Castilla-León al Infante Alfonso. El ceremonial se desarrolló el 5 de julio de 1465 en campo abierto, afuera de las murallas de la ciudad. Primeramente y de manera simbólica destronarían en ausencia a Enrique IV. Construyeron una tarima de madera y sobre ella colocaron un sillón a semejanza del trono real, y sentaron sobre él un muñeco de hilachos con intenciones de parecerse al Rey; le vistieron con ropaje de Corte Real y revistieron el escenario con las insignias, emblemas, pendones y escudos de Castilla-León.

++++Arropados por el pueblo de Ávila, ávido de emociones insólitas, los oradores dirigiéndose al maniquí le colmaron de acusaciones graves; le pormenorizaron larga lista de agravios e injusticias contra el pueblo castellano. El Primado de Castilla-León, personalmente le arrebata la corona de la testa al mono de trapo. Luego su sobrino el Marqués de Villena le arranca el cetro de la mano de la efigie; y los dos guerreros derrumban a patadas (¿donde he oído esto?) al simbólico Rey, entre la gritería, más bien los aullidos y burlas del pueblo congregado. Desocupado el sillón, el Infante Alfonso fue alzado y sentado en el trono. El Arzobispo, infiltrado de intenso frenesí, coloca la corona en las sienes del Príncipe. Le unge Rey de Castilla-Aragón en nombre de Dios Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Hizo descender sobre el Coronado la protección de la gracia divina. Le colma de todas las bendiciones del cielo que comparte al pueblo exaltado hasta el delirio. Las estridentes notas de los tambores y las trompetas a manera de pregón rasgaban el aire con tono y ritmos marciales de las marchas triunfales de Castilla. Los capitanes tremolaban los pendones del Reino, al mismo tiempo que resonaban desde las gargantas “¡Castilla!, ¡Castilla!, ¡Castilla!, por el Rey Don Alfonso”. Sin duda, regocijante función con actores consagrados.

++++Enseguida se juró lealtad y obediencia al nuevo Monarca de 12 años. En fila india pasaban frente al Rey los nobles, jerarcas y guerreros para obsequiarle profunda reverencia, y a su vez el Monarca les ofrecía su mano derecha en cuyo dorso le estampaban el beso que sellaba el compromiso de sumisión, para el caso, de las duras y las maduras del recién investido. El reino tenía ya dos soberanos. Por otra parte, Isabel La Católica, con 14 años, vivía acongojada frente a tan graves acontecimientos nacidos de la ambición sustentada en la traición. Dos hermanos que con las armas se disputaban el reino, le generaban un profundo desconsuelo. Su postura moral permanecía invariable; amor y ternura para su hermano menor, y lealtad a su medio hermano el Rey. Ella en medio, sin el remedio para sanar la tragedia.

++++Cuando Enrique IV se enteró de los detalles de la coronación simulada de Alfonso, como si tuviera sangre de atole en las venas, sólo pudo repetir al profeta Isaías, del antiguo testamento: “Crié hijos e púseles en gran estado, y ellos menospreciáronme”. La guerra civil se intensificó. Enrique desde Segovia se puso en marcha hacia al oeste. En el camino, el Duque de Alba se le une con 800 jinetes acuerpados con relucientes armaduras; más delante aporta otros 800 el Marqués de Santillana, y 400 el Conde de Medinaceli. El ejército Real asentó sus reales en la confluencia de los ríos Duero y el Pisuerga, a corta distancia de Valladolid. En preparativos de la batalla estaban, cuando un recadero le informa al Rey que el Marqués de Villena, Capistoste del ejército rebelde, le ofrece desertar y pasarse al bando real. A Enrique, las palabras recibidas le sonaron a campanitas celestiales; era lo que más ansiaba y pedía en ruegos al Señor: la paz. Villena se comprometía a sofocar la rebelión, aportaría a Enrique tres mil lanzas y 60 mil doblas (de 4.60 gramos de oro cada moneda), y le entregaría a su rebelde hermano Alfonso. El precio de esta segunda traición del Marqués era la mano de Isabel (La Católica) para nupcias con Don Pedro Girón, hermano de Villena, y Maestre Superior de la Órden Religiosa y Militar de Calatrava.

++++El Rey gustoso aceptó el enlace. La Princesa recibió la noticia con horror y le dio soponcio. ¿Cómo, casarse con Don Pedro si ella amaba y estaba comprometida con Fernando (El Católico), heredero del trono de Aragón? Isabel insistía y le rogaba a su hermano Enrique que no cometiera semejante error, pero Él permanecía invariable en su decisión. Isabel se resistía a tal matrimonio. La boda ordenada por el Rey se llevaría a cabo en Madrid. Se apresuraron los preparativos. Llegó de Roma la Bula del Santo Padre que nulificaba el voto de castidad que el novio había comprometido, pero jamás cumplido. Por bulas no quedaba.

++++Don Pablo Girón inicia su cabalgata, pero sin caballos bailarines, desde la ciudad de Almagro sede de la Orden de Calatrava rumbo a Madrid. El pretenso, para estar a la altura de su alcurnia y despertar la admiración de la novia, engalanó su caravana militar con magnificencia y ostentación. En su recorrer del camino, recibía saludos, risas y vivas entusiastas por la felicidad eterna de los novios. Para asegurar la boda, el Rey le hizo saber a Isabel que si se negaba a cumplir su mandato sería apresada y llevada al altar. Con el desposorio de Isabel el Soberano aseguraba su permanencia en el trono, terminaría la efusión de sangre de la guerra civil, mantendría cautivo y nulificado a su medio hermano, quien le disputaba el trono a flechas y sablazos, y –finalmente– aseguraría la sucesión para su hija Juana…

Capitulo anterior: https://www.ajedrezensonora.com/2011/03/isabel-la-catolica-primera-parte/

 

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