ISABEL LA CATÓLICA (Parte 10)

ISABEL LA CATÓLICA (Parte 10)

…Y porque Ella forma

parte esencial de la historia de

México y de América, hablemos

más de la Reina…

GUERRA EN FAMILIA

     Los Reyes Católicos recién instalados como soberanos de Castilla-León desde el 13 de diciembre de 1474 en Segovia, y ya arreglados de sus pleitos para definir quién llevaría el timón de la nave castellana, se ocupaban en atender cotidianamente a vasallos de alto rango que llegaban desde todos los confines de sus dominios a rendirles pleitesía, afirmándose tal obediencia y sumisión pública con una reverencia y genuflexión, al tiempo que un beso en el dorso de la mano de Isabel y de Fernando.

         También invertían su tiempo inicial en la reorganización de la casa reinal, en la que instituyeron una estricta y estirada etiqueta que sería distintiva en Europa durante los siguientes cien años, por su extremado rigorismo y complejidad. Con igual cuidado extendieron los nombramientos a los principales servidores del reino y de su corte palaciega: don Pedro de Mendoza, Cardenal dedicado a tareas de guerra para la ascensión de Isabel, fue premiado con el cargo de Canciller y custodio del sello privado de la Corona; el Conde de Haro fue nombrado Condestable Mayor de los Ejércitos; don Alfonso Enríquez, tío carnal de Fernando, tomó el mando de Almirante de la Mar Océano. En cambio el Marqués de Villena, don Diego Pacheco, fue cesado de su responsabilidad de Mayordomo Mayor, e igual suerte corrió el Duque de Arévalo desde su encomienda de Justicia Mayor.

         En tales menesteres burocráticos se movían los reyes cuando una dama de compañía de Isabel le anuncia una solicitud de audiencia del Cardenal Mendoza. ¡Oh, sí!, hacedlo pasar de inmediato. Bienvenido su eminencia, le saluda la reina. El príncipe de la iglesia inclina hacia delante su cabeza y torso, entrecierra los ojos y dibuja, capelo rojo en mano izquierda y semi-flexionado el antebrazo derecho al vientre, una sobria y elegante caravana en reverencia. A sus pies, Majestad, responde el purpurado, quien con una mirada a los ayudas de cámara insinuaba su deseo de hablar a solas con la Soberana, y ella con otra ojeada les hace salir de la sala. El Cardenal Mendoza, hijo del notable y exquisito poeta de la lírica española de finales de la edad media, don Iñigo de Mendoza, Marqués de Santillana, era hombre de excepcional apostura, elegante con su ropaje rojo escarlata, y dotado de gracia y encanto. Transitaba por los 40 años y jamás había llevado una vida eclesiástica. Amaba los placeres de la vida. No es de sabios abstraerse del vivir, pensaba. “La abstinencia estrecha la mente y reseca el alma”, solía pontificar. Disfrutaba del mejor vino, la buena mesa y contaba con varios hijos. Acaudalado e influyente, no había quien le sometiera. Poderoso caballero es don dinero, ha dicho el vate. En actitud contrapuesta Isabel, que era puritana y celosísima del comportamiento cristiano de sus súbditos, se hacía la vista gorda ante el desbarajustado modo de vivir del purpurado. Lo necesitaba, el reino era primero.

         Cuando Isabel y el Cardenal quedaron a solas, éste le expresa: vuestra Majestad, he venido a informaros que el señor Arzobispo de Toledo, don Alfonso Carrillo, que siempre ha sido devoto a vuestra Majestad y su causa, ahora ha cambiado de lealtades. Está haciendo planes concretos para pasarse a las filas enemigas. Pretende encabezar un gran levantamiento de rebelión contra vuestra soberanía, e instalar en el trono a la infanta Juana. Isabel guardó silencio y se tornó sombría. Qué pesado es para mí creerlo, murmuró, con profunda tristeza y dolor. Cómo podría olvidar, continúa Isabel, el día que su excelencia el Arzobispo salvó mi vida en Olmedo, cuando el Marqués de Villena estuvo a punto de secuestrarme por órdenes del rey Enrique, mi hermano y llevarme a las mazmorras de la prisión de donde jamás hubiera salido con vida. Sólo gratitud llena mi conciencia para él, cuando bajo su amparo militar hizo posible mi matrimonio con Fernando en la casa de los Vivero en Valladolid.

Cardenal, reitero mi eterna deuda con el Arzobispo, cuando logró con su rebelión que el rey Enrique IV emitiera en Toros de Guisando el mandato real para que yo fuese la única heredera al trono de Castilla-León. Señor Cardenal, le razona Isabel, yo no estaría en este aposento en entrevista con vuecencia sin la lealtad y devoción a mi persona que me profesó siempre el Arzobispo de Toledo. Mi alma siente un profundo pesar, y lamento la hora en que descuidé la atención a don Alfonso. Qué pena, su eminencia, cuando todos cabemos en la armonía del reino. Es indudable, le manifiesta el clérigo, que el señor Arzobispo ha prestado valiosos servicios a vuestra Majestad, qué duda cabe, pero también es cierto que el objetivo de ayudaros para alcanzar la Corona era el de gobernar Castilla-León por vuestro intermedio. Eso lo sé Cardenal, la ambición desmedida es su gran falla. El Arzobispo incubaba intenso resentimiento y amargura contra Isabel por haberle desplazado de su cercanía y confianza, para favorecer al Cardenal Mendoza. Él refería que la reina había despreciado sus méritos y servicios al nombrar Canciller del reino al purpurado, y no olvidaba, con cierto dolor, que a éste se le hubiera entregado el capelo rojo siendo Obispo de Sigüenza, y que a él, Arzobispo primado de Castilla y León, se le hubiese relegado. Castilla sabía que al Obispo Mendoza se le había ascendido por su riqueza y poderío, y nunca por méritos al servicio de la gloria del Señor.

         El Arzobispo al no poder asimilar lo que para él eran humillaciones, se lanza furioso contra Isabel, y si la había elevado a reina, ahora se encargaría de derrocarla. En tal propósito y como una de las primeras acciones reunió en su casa a algunos nobles inconformes con la llegada de Isabel al trono. Escucharon el plan de la rebelión y les recogió su conformidad: de los presentes el más sobresaliente era el Marqués de Villena, don Diego Pacheco, quien había recibido del rey Enrique IV, poco antes de morir, la encomienda de asumir la tutoría y custodia de su hija la princesa Juana. Hombre inmensamente rico, y propietario de vastas extensiones en la regiones de Toledo y Murcia, desde donde podría movilizar ejércitos llegado el caso; otros de los conjurados fueron el Marqués de Cádiz; el Duque de Arévalo don Álvaro de Zúñiga; el Duque de Alburquerque don Beltrán de la Cueva; don Juan Téllez Girón, Conde de Ureña, y el gran Maestre de la orden de Calatrava. Los levantiscos tomaron el acuerdo de convocar a rebeldía a otros nobles y a la vez, iniciar la organización de los ejércitos para el combate. Los conspiradores concebían que, de triunfar la insurrección, la niña Juana sería reina; entonces habría una regencia, y por supuesto ellos se repartirían los altos cargos del reino.

         Los golpistas comprendían que no era fácil constituir una fuerza armada superior a la que podrían presentar Fernando e Isabel. En consecuencia, para eliminar cualquier desventaja en fuerza de choque, el Arzobispo y el Marqués de Villena lograron convencer al rey Alfonso V de Portugal, tío de La Beltraneja, de que el triunfo estaría asegurado si se aliaran los dos ejércitos contra los Reyes Católicos; y en tal caso coronarían reina a la princesa Juana, e inclusive acordaron que Alfonso se casaría con su sobrina, y gracias a ello sería también rey de Castilla-León, y si hubiera descendencia instalarían en este país la misma dinastía Avís, que estaba reinando en Portugal.

         En mayo de 1475, seis meses después de que Isabel hubiera asumido el trono, Portugal declara la guerra a Castilla-León. La invasión se inicia un poco al sur del río Tajo, con 20 mil hombres. El portugués llega a la ciudad de Plasencia. Allí se le unen los contingentes de los conjurados, y el Marqués de Villena entrega La Beltraneja al rey Alfonso. Luego contraen matrimonio. Ella con 13 años y él, viejo, gordo, panzón y viudo. Los novios se declaran Reyes de Castilla y León. A los días, continúan su ruta guerrera y enfilan hacia el norte por la región de Extremadura. Se acuartelan en Zamora. Los Reyes Católicos contaban con un ejército de sólo quinientos hombres. Sin embargo los invasores no atacan. Desperdician la evidente debilidad de los invadidos. Durante casi dos meses el rey portugués permanece acuartelado, inmóvil. Tiempo milagroso que aprovechan los castellanos para preparar su defensa.

         Los Reyes Católicos se reparten adecuadamente el trabajo de reclutamiento de soldados. Ambos realizan intensos recorridos por las regiones leales. Isabel a caballo, con su armadura y embarazada se desplaza en extenuantes jornadas formando grupos guerreros. En la ciudad de Cebreros pierde a su producto varón. A los dos días de su aborto reinicia la cabalgata visitando villorrios, castillos y ciudades. En menos de dos meses de respiro, en el mes de julio, ya habían integrado un ejército de 40 mil hombres, aunque no bien preparado ni disciplinado. Fernando pone sitio a la ciudad de Toro donde están amurallados el portugués y La Beltraneja. Alfonso no quiere presentar batalla. Pasan los días y en las filas de Fernando hay hambre, escasean los víveres, y retira el asedio a Toro. Se hace la desbandada en desorden. Los grupos de soldados en huida cometen saqueos, robos y desmanes mil por los caminos de regreso. El derrumbe del ejército del rey Fernando evidenciaba su inexperiencia y novatez. Isabel se horrorizó al saber de la derrota. Se dirigió a Fernando con inusual furia y dureza en reclamo por semejante desastre que dejaba en total indefensión a Castilla y León. Pero otra vez, el invasor triunfante no se movilizó para tomar al país en control y expulsar o aprisionar a los reyes castellanos; error que caro les costaría. Alfonso festejaba su triunfo con su niña esposa en la placidez que hace confundir el deber con el olvido.

         Esta nueva parálisis del portugués, alentó a los castellanos para organizar un nuevo pero confiable ejército. Ya no repetirían los mismos errores. Reiniciaron el febril trabajo. Los Reyes pedían a las ciudades, castillos y pueblos, armas, soldados y dinero. De esto último se aportaba poco. No había en las cantidades necesarias. Los caudales estaban en la Iglesia. Isabel reúne al alto clero rico, a los hartos en riqueza y les propone confiscarles el 50% de la plata que poseían y que en tres años se les devolvería. En un cerrar de ojos ya tenía en su poder 30 millones de maravedíes plata. El metal se restituyó. Con tal tesoro, para fines de 1475 los castellanos contaban con 15 mil hombres preparados, disciplinados y con elevada moral de lucha. El Arzobispo de Toledo llega con su ejército a fortalecer a La Beltraneja, y el supuesto padre de ésta, don Beltrán de la Cueva, Duque de Alburquerque, defecciona y se pasa a las filas de Isabel y Fernando. El príncipe Juan hijo del rey Alfonso, llega con 20 mil hombres en refuerzo de su progenitor. Están los enormes ejércitos frente a frente en Toro, en formación para enfrentar la segunda gran batalla.

         El 3 de marzo de 1476, brotó del frente castellano un sonoro grito de guerra antiguo, “¡Santiago! ¡Santiago!”. Resonaron las trompetas, se agitaron los tambores y los ejércitos se lanzan espada al alza y a la carga cuerpo a cuerpo. Luego empezó a llover. La pelea se generalizó… “e todos revueltos unos con otros, retumbaban los golpes de las armas, y el estruendo de la artillería e las voces gritando…”. Ambos reyes combatían con fiero valor. El Cardenal Mendoza galopaba de un sitio a otro cubriendo su armadura con una sobrepelliz como si fuera a oficiar una misa, alentando a sus soldados para que fueran más eficientes con la lanza y las espadas, sin olvidar el santo mandamiento del no matarás. Igual misión cumplía en el campo portugués el Arzobispo primado don Alfonso. La divina providencia tal vez no permitió que los dos representantes de Dios sobre la tierra se encontrasen en la batalla. Como se tenían un odio jarocho, lo más probable es que se hubiesen acuchillado, no necesariamente en cumplimiento de los deberes pastorales. Llegada la noche, Alfonso V abandona el campo de combate. Su ejército huye en desorden. Ocho meses después de su derrota, el rey Fernando con la espada en mano, observa henchido de emoción el desastre del ejército invasor. “Fizo cuenta que en aquella noche nuestro Señor le había dado toda Castilla”. Cuando Isabel se informa, se dirige descalza al monasterio de San Pablo, para agradecer al Creador, en Tordesillas, donde tenía en formación de guerra varios regimientos de centauros para entrar en contienda cuando el llamado llegase. Ahora recibiría a Fernando no con furia y regaño sino como a un César que había evitado que Portugal se apropiara de Castilla y León. Lo abrazaría en éxtasis de emoción y alegría.

No se ha podido precisar cuántos miles de jóvenes quedaron tendidos sin vida atravesados por lanzas y las espadas, o bien, mutilados para una larga y atroz agonía. Sangre, torrentes de sangre en ofrenda a Isabel para que se afirmara en su trono, y en honor de La Beltraneja para desplazar a la Católica reina. Alfonso V y su esposa Juana regresaron a Portugal, y sus soldados que quedaron vivos fueron tratados como forajidos y muchos cazados como fieras en su tránsito hacia la patria. El rey y su esposa tratan de cicatrizar las heridas de su fracaso. Rehacen su moral y el optimismo. Alfonso V ordena armar nuevo ejército para la siguiente invasión a Castilla-León. Considera su deber instalar a su esposa en el trono que tiene secuestrado Isabel. EL 24 de febrero de 1479, tres años después de su derrota, cruza nuevamente la frontera frente a la ciudad de Badajoz, en la región de Andalucía. En la villa de Albuera entablan batalla. El portugués es vencido otra vez. Se rinde. El 4 de septiembre de 1479 se firma el tratado de rendición y paz de Alcázovas, en donde se especifica que Juana con 18 años se retirará de toda actividad pública. Se le obliga a firmar la renuncia a su título real de princesa y heredera al trono de Castilla y León. Se compromete a disolver su matrimonio con Alfonso V. El Papa Sixto IV les entregará la bula de dispensa para que puedan divorciarse, mismo Papa que les había dado otra bula de dispensa por consanguinidad para su casorio en Plasencia. El Obispo de Roma daba y quitaba dispensas a través de… bulas… pero al ritmo y vientos de los dueños del privilegio.

         Juana ingresa al convento de clarisas. A partir del tratado de rendición, recibiría el trato único de “excelente señora”. Siempre estaría vigilada. Era una huésped incómoda en todo momento. Por vida mantuvo con dignidad y abiertamente sus derechos hereditarios de su padre Enrique IV. Fue víctima de una conjura de señores feudales y clérigos estimulados por Isabel. Su mote, La Beltraneja, fue inventado por los enemigos del rey Enrique para tratar de convencer al pueblo de su bastardía e ilegitimidad, y después justificar el asalto al trono. Aislada y olvidada por consigna, moría en Lisboa el 28 de julio de 1530. Por fin, Isabel La Católica había vencido en larga y cruenta lucha a los derechos legítimos de la princesa Juana para que accediera al trono de Castilla y León…

 Continuará…

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